El molino

vistas camino del molino.jpg

Los sábados en el molino tienen ya la historia de las noches en el Ruido Rosa y las mañanas de los domingos en la Plaza Larga del Albayzin, cuando el sol, la cerveza y las migas del Ayxa eran el antídoto contra la resaca de quienes se pensaban inmortales solo unas horas antes.

En el molino se cuida como en pocos sitios los caldos y las viandas que el doctor, el de Torres de Albanchez, maneja con destreza y buen saber. En el molino se  ha inventado el agua de tomate, no les digo más.

Pero además en el molino se cuidan las palabras. Allí saben muy bien que las palabras tienen valor en tanto que conservan sus significados. Ayer lo hablaba con mi doctor y con Lina; hay palabras muy manoseadas, demasiado manoseadas, palabras impuestas, palabras que se aprenden tan de memoria que terminan por perder la revolución que llevan dentro.

Casi siempre que voy al molino vuelvo con algo en las manos, ya sea una garrafa de aceite virgen extra de las olivas que tantos años cultivó Benerado, ya sea una buena tripa chorizo blanco de Peñolite. Ayer tocó una cuña de puro mediterráneo metida en un exquisito queso de Menorca.

Ayer, el de Torres, alumno aventajado de Don Tomas y de memoria privilegiada, me hizo además otro gran regalo recordándo un artículo de El Paísdelos90 (aunque hoy pueden ustedes encontrar en los quioscos un periódico con el mismo nombre, les aseguro que nada tiene que ver con el de aquellos años). Su título rezaba: “Los Tumbados”, escrito por Luís Landero el 18 de noviembre de 1990.

Lo he comprobado, aquel 18 de noviembre era domingo, estoy seguro que leímos aquel artículo y lo conversamos al sol del Albayzin en la Plaza Larga, conjurando el tiempo con poco más que una Alhambra y un plato de migas del Aixa para seguir siendo inmortales. Les aseguro que lo conseguíamos. Al menos durante un par de horas más.

Si quieren disfrutar de una buena historia y una pluma magistral, no duden en leer “Los tumbados”, de Luis Landero. Pueden pinchar aquí.

Foto: camino al molino.

Si Don Alonso levantara la cabeza. (Universo Amanecentista)

Algunos relatos comienzan a cansar(me). Escuchar las noticias últimamente es lo más parecido a una experiencia tipo dia de la marmota. (Intentar) conversar con algunas personas de según qué cosas se transforma a veces en un ejercicio de resistencia ante los propios impulso de salir corriendo y la sensación de tierratrágame o quéhehechoyoparamereceresto.

Recuerdo ahora  la charla el discurso entusiasmado de algún tertuliano con no poca formación universitaria -que estas cosas de las energías positivas que ponen en riesgo la salud nada tienen que ver con la falta de formación- intentando demostrar que la física cuántica explica perfectamente el reiki y su poder de curación.

Cómo no invocar a Don Alonso, de “Amanece que nos es poco”, en muchos de estos momentos, ante algunas personas encantadas de conocerse a sí mismas y de sus propios relatos de los que intentan convencerte, o ante los discursos cansinos  de políticos de uno y otro lado. Cómo no recordar aquella escena en la que Tirso el tabernero, mientras lo escuchan encantados un grupo de estudiantes de Yale, habla sobre el amor ante el fastidio de D.Alonso, borracho y destrozado por la infidelidad de su mujer y por la brasa que el mesonero le está dando .

Lástima que la evolución no nos haya equipado con algo así como párpados auditivos para poder desaparecer con sólo activarlos, como hacíamos cuando, siendo niños, cerrábamos los ojos para desaparecer sin dejar de estar.