Dejarse ver para cambiar el mundo

Fin del verano. Un año más han sido frecuentes y numerosas las noticias relacionadas con la accesibilidad de las playas en España que durante estos meses han aparecido en la red. No sólo entidades públicas y asociaciones representantes de personas con discapacidad han intentado informar de las playas accesibles de sus zonas de influencia y de sus características y recursos, este año además los propios turistas han podido informar y votar a través de internet por sus preferencias , eligiendo finalmente la playa más accesible de España. Todo ello gracias a la iniciativa “La playa accesible de los Fans” organizada porThyssenKrupp. No sólo me parece interesante esta propuesta por llamar la atención sobre un tema que me interesa, sino por la visión positiva y lúdica desde la que se reivindica la accesibilidad como un derecho universal no sólo para sobrevivir, o para acceder a la educación, a los servicios sanitarios o  al sistema penitenciario ;)) en igualdad de condiciones,  también para disfrutar del ocio y de lo que quiera que sea la vida para cada cual.

Pero lo que me parece más interesante aún es situar a las propias personas con necesidades de accesibilidad, (a las personas en sillas de ruedas, familias con niños pequeños, mujeres embarazadas, personas mayores, personas con problemas de visión o auditivos, otras con problemas temporales de movilidad,…) en el centro de este proceso de estudiar, re-conocer y con-versar sobre la accesibilidad de los espacios. Aún sin saber nada sobre elCódigo Técnico de Edificación, son estas personas las auténticas expertas en accesibilidad, porque en última instancia y más allá de los -sin duda importantes e imprescindibles-  criterios técnicos, la accesibilidad es una experiencia personal. Esta manera de hacer la cosas tan relacionada con la metodología del Design Thinking y el Diseño Basado en las Personas puede ser un factor clave y fuente de innovación para el gran reto de diseñar nuevas ciudades y nuevos escenarios que habitar más allá de la puerta de casa, espacios que permitan vivir la propia vida con los límites que cada cual se quiera imponer, contextos que permitan a muchas personas volver a la calle, a las plazas o a las playas y abandonar el destierro invisible de sus propias casas, espacios que permitan simplemente elegir el aislamiento como un ejercicio de libertad personal y no como alternativa más probable.

Pero el verano es mucho más que playas, las noticias y anuncios de festivales de música son también capítulos importantes en las noticias al sol. Y como la música, cuando te llega a las entrañas, no entiende de imposturas, ni de exilios invisibles, ni de columnas partidas, ni visiones a medias, ni si quiera de sorderas abisales, no son pocos amigos con discapacidades, con muchas ganas de bailar desde sus sillas ruedas y con tiempo y dinero para bien gastar, los que quieren disfrutar de estos festivales. En la mayoría de los casos el resultado de esta aventura se ve limitada a subir el volumen del mp3 y una gran balada a la frustración.

Sin embargo las cosas pueden ser diferentes y al igual que nuestras playas van mejorando cada año, quiero imaginar que también los festivales irán configurándose como territorios libres y abiertos a todxs. Sin duda es un gran reto, pero es posible. Valgan como ejemplo algunos apuntes del trabajo en accesibilidad que hicieron este año en el Festival de Glastonbury (los entrecomillados son copy-translated&paste de este artículo de la BBC)

“El evento cuenta con un camping a medida para personas sordas y con discapacidad, se han instalado plataformas elevadas específicas para las personas en sillas de ruedas en 11 escenarios y hay en ellos intérpretes de lengua de signos para que las personas sordas pudan entender  la letra de las canciones durante las actuaciones en direct”.

 “Una de las características habituales de Glastonbury es su área DeafZone , que ofrece lecciones de la lengua de signos británica y un equipo de intérpretes para que las personas sordas puedan acceder a los distintos actos del festival”.

 “El espacio donde se celebra el festival  incluye duchas y aseos accesibles y es atendido por voluntarios que proporcionan alquiler de sillas de ruedas y un servicio de minibús para ayudar a que  la gente se mueva por todo del recinto del festival”.

“También cuenta con una unidad de “alta dependencia” que puede facilitar a las personas con enfermedades graves acceso a servicios esterilizados, lavado y servicios médicos”.

“Este año el camping del Glastonbury’s acogió a unos 600 asistentes al festival entre personas  sordas y con discapacidad  física”

“Con cuatro de cada cinco personas sordas y con discapacidad diciendo que se desaniman a asistir a este tipo de eventos al no confiar en su accesibilidad,  todo parece indicar que los festivales pueden estar dejando de mejorar  sus ingresos en la venta de entradas”.

El verano ha terminado y todo sigue igual. Nada ha cambiado y nada cambiará: tal y como hace uno, 100 o 500 años, más allá de la tecnología,  hay una manera inevitable de mejorar nuestras ciudades: vivirlas, salir a la calle, probarlas, llenarlas de experiencias, llenarlas de voces que felicitan por lo conseguido a la vez que denuncian  y exigen los escenarios que nos permitan elegir a todxs , llenar nuestros pueblos, ciudades, nuestros cines, bares, biblotecas, calles, teatros,…  de experiencias que generen la necesidad de cambiar y seguir mejorando.

Sí, terminó el verano, pero empieza un nuevo otoño, y con él una nueva temporada de festivales. Una buena ocasión para disfrutar, para dejarse ver y  cambiar el mundo.

Publicación original: La tiranía de la normalidad

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